miércoles, 28 de octubre de 2015

Rastros en la luz apagada

Este sueño estuvo presente varias noches, en una etapa en la que solía orar rutinariamente antes de dormir, usar pijamas y tener en mi habitación figuras de superhéroes a la vista, descansaba en un ambiente agradable, nunca me gustó cubrir por completo mi cuerpo pues sentía que el aire se agotaba, el juego de cobijas y sabanas debía estar sujeto a ese colchón con figuras de animales coloridos. Era la época en la que me fijaba y controlaba cada detalle. Rememorando lo que había sido ese día y pensando en lo que sería del mañana, muchas veces mis ojos caían y despertaban en la oscuridad, un panorama de completa oscuridad donde no podía observar nada, no podía pronunciar una sola sílaba, sólo sentía miedo, ese miedo que envolvía mi cuerpo y me paralizaba, el tiempo transcurría y no ocurría nada. De repente logre visualizar una inmensa luz que me devolvía la esperanza y aunque aquel lugar aún no me inspiraba confianza, por lo menos pude andar. Camine hacía la dirección de esa luz, presintiendo que era una puerta, una salida a esa oscuridad que me angustiaba, no resistí ante el temor, mis pequeñas piernas ya no caminaban; corrían, pero esta luminosidad parecía inalcanzable. Agotado, me detuve y al mismo tiempo aquel resplandor desapareció, pero al instante un rostro inmenso hizo presencia: era una mujer longeva, sólo podía observar su cara que estaba en gran escala, el resto era oscuridad. No logré reconocer su tipo de piel, el color que desprendía su imagen era gris, su boca permaneció sellada, los surcos del tiempo eran evidentes, su cabello estaba recogido.
Ella me miraba fijamente, no parpadeaba, no hacía una sola señal que me ayudase para sentirme cómodo, por el contrario, sentía odio en su mirada, el sonido estaba muerto, no la quería ver más, volví a sentir miedo pero esta vez mi cuerpo reaccionaba. Girando a cualquier parte ella siempre estaba presente, me seguía, de frente, no detenía su mirada fulminante sobre mí, cerraba los ojos y parecía como si ella entrase en mi interior, pues la seguía observando. Estaba preso en aquel rostro inmenso, que me llevaba del miedo a la desesperación. Resignado o quizás habituado, no volví a escapar de ella, también la miraba, su rostro era como un ejercicio de reflexión, nunca me hablo pero siempre estuvo ahí. Observándome, señalándome con sus dos grandes grutas, en el silencio, lo inmóvil y lo oscuro.

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